Mural en la tumba de NefertariVale la pena preguntarse antes de meternos de lleno en un cuadro o escultura cuál es la manera correcta de hacerlo. Son muchos los manuales que comienzan por un rótulo en mayúsculas del tipo “Arte [periodo determinado]”. Por otro lado, muchas clases de Historia del Arte comienzan comentando una trascendental diapositiva. En mi caso comenzaré desde el principio, intentando aproximarme a lo que pudiera ser el manual del espectador y, si hoy por hoy me resulta complicado sistematizar un ritual de lo que el espectador debe hacer, al menos intentaré ilustrar algunas prácticas habituales poco recomendables que se derivan de una serie de prejuicios respecto del arte.
Ante una obra cualquiera es importante primeramente preguntarse cosas de lo más básico: ¿Qué es? La pregunta tiene su miga, sobretodo en nuestro siglo XXI. Es fácil distinguir una escultura de una pintura del siglo XVII ya que la ejecución y los materiales ayudan mucho, pero hoy las fronteras de los distintos géneros artísticos se difuminan en esculturas que parecen dibujos y cuadros que emulan los viejos relieves. Los que si está claro es que la pintura es la plasmación en uno o varios planos de una imagen, mientras que escultura trabaja las tres dimensiones. La diferencia es fundamental: En la escultura no hay nada parecido al encuadre, ya que el objeto exige una visión global. Esto último parece una nimiedad, pero los maestros del Renacimiento dieron muchas vueltas al pretender encerrar dentro del encuadre composiciones armoniosas.
Otra pregunta básica es el quién y el cuándo. No se trata tanto de averiguar quién es el autor de la obra sino donde vivió y en qué época. No podemos olvidar que una obra de arte es un objeto creado por manos humanas en un tiempo y espacio concretos, por lo que este tiempo y espacio resultan muy determinantes a la hora de contextualizar la obra. Cuando el subtítulo del blog es “el arte no se genera en el vacío” hablo de que las obras son hijas del tiempo, los nombres pertenecen a hombres que reunieron el talento y la ambición necesaria. Evidentemente una obra es el sentir del artista, pero no podemos dejar de lado el hecho de que esto no siempre ha sido así, y que la producción artística ha dado muchos tumbos.
Resulta vital reconocer que el arte no siempre se ha entendido como una de las actividades más nobles que podía realizar el ser humano. El ejemplo clásico es que en su día, se tenía en misma consideración el trabajo que realizaba el escultor del relieve del tímpano de una catedral que el del albañil que con la pala hendía la tierra para asentar los cimientos. No digo que el arte no sea el dominio de la expresión humana, pero eso es algo más bien novedoso y que los artistas medievales practicaban con gran timidez. La principal tarea del arte ha sido por lo general cumplir el hueco de la máquina fotográfica hasta su llegada; esto es, reproducir el mundo y dejar constancia de él. En la producción religiosa, el objetivo es la plasmación de algo igualmente visible y familiar pero con miras a la divinidad. El arte como expresión de la intimidad del artista era escaso hasta el siglo XVIII. Con esto lo que pretendo decir es que si queremos entender una obra y a un artista es muy necesario estudiarlo en su época, por que los condicionantes históricos y los antecedentes artísticos con los que un aprendiz llega a manejar el pincel son verdaderamente importantes. Los cuadros, colgados en las paredes de viejos museos pueden perder su significado original por que sin querer perdemos el nexo con la mentalidad del autor y sobretodo lo que condiciona a este: La época en la que nació.
Qué, quién y dónde resultan preguntas sencillas que casi siempre resultan complicadas de responder, pero seguramente nos ayuden a desentrañan una obra. Al mismo tiempo, al responder estas preguntas ante obras de distintos periodos y al comparar las respuestas podemos realizar un recorrido a través de la historia del arte conectando realmente un periodo con otro hasta llegar hasta hoy y no observando una obra dentro de un recinto estanco con un título del tipo: “Renacimiento” o “Barroco”. Si somos capaces de entender cómo nace el Renacimiento y como deviene el barroco podremos conocer el avance hasta nuestros días. Pero cuidado, avance no es progreso.
El arte no es una ciencia, al menos de momento. En cada periodo a los artistas les ha inquietado algo distinto, los materiales eran dispares y sobretodo, las circunstancias históricas han sido muy variables e importantes a lo largo de
Por eso en este punto resulta necesario advertir que al acercarse por primera vez a la obra de arte no vale la pena recurrir a la subjetividad y decir lo que a nosotros nos parece que es. Una reinterpretación de una obra o una modernización es algo subjetivo y poético pero en muchos casos no obedece a la verdadera intención del autor. Podemos decir que cuando los egipcios pintaban al faraón de perfil con el torso de frente (a sabiendas de que una postura imposible) es por que los faraones eran seres poderosos que lo podían todo o simplemente por que así les gustaba a los pintores. La primera podría ser cierta pero es sólo una suposición y, teniendo en cuenta que los pintores y grabadores copiaban al milímetro en la escuela y no había margen para la originalidad la segunda no convence. Por eso vale la pena separar lo que uno piensa y le transmite la obra de lo que en realidad significaba para un egipcio de la época, por que probablemente lleguemos a una comprensión más profunda de la obra. En este caso, sabemos que la función principal del arte egipcio es el contacto con el más allá, esto es, arte casi exclusivamente funerario, por lo que no resulta descabellado decir que pintar al faraón en esa postura era para que toda la figura se viera y el muerto pudiera llegar al más allá “entero”.

